“Convocatoria o Coacción: La Multitud que Llegó en Camión”
Hoy en el Zócalo de la Ciudad de México no hubo mitin ni manifestación organizada por ciudadanos libres; lo que se vivió fue un espectáculo de movilización pagada, fuerza bruta y logística. El acto encabezado por la presidenta fue una pretensión por mostrar músculo político, no una celebración cívica, donde los números no reflejan convicción, sino control.
Desde la madrugada empezaron a arribar camiones provenientes de diversas entidades: Estado de México, Hidalgo, Puebla, Morelos, etc. unidades de transporte disfrazadas de apoyo social, descargando corrientes humanas uniformadas con camisetas y gorras similares, listas para llenar graderíos, ocupar espacios y simular entusiasmo, bajo la dirección de personas que les pasaban lista de asistencia a los que arribaban, la mayoría de los asistentes se tomaban fotos y selfies para guardar evidencia y mandarlas a sus respectivos jefes. Solo en esos convoyes se contabilizaron entre 350 y 500 autobuses y numerosas vans, en su mayoría con placas foráneas, lo que basta para dudar de la espontaneidad del desplazamiento.
Las estimaciones conservadoras colocan entre 90 000 y 130 000 personas dentro del Zócalo, pero basta asomarse para notar que se trata de cientos de manos levantadas al unísono, de voces coreando consignas aprendidas al pie del teatro de operaciones, no fruto de convicción, sino de instrucción. No era una marcha, era una coreografía. Sin embargo, ¿dónde quedó la austeridad?, ¿quién pago todos los camiones?, ¿cuánto costó su movilización?.
Porque en realidad, lo que se respiraba bajo las luces y el estruendo era un mensaje: “tenemos recursos, tenemos logística, tenemos gente y podemos moverla en masa.” Esa imagen de poder pretende tapar las grietas: la crisis social, la inseguridad que sigue creciendo, la precariedad que muchos padecen incluso hoy. Carreos, transportes subcontratados, promesas de apoyos, presión de líderes locales… un sistema de movilización que ya huele a vieja política, a compra directa de voluntades y a lo mismo de siempre.
Algunos asistentes comentaban entre dientes: “nos dijeron que si no veníamos nos descontarían el día” o “venimos porque no nos quiten los apoyos”, demostrando que asistieron por obligación, no por decisión. Eso lo que demuestra es que el consenso no es más que una fachada: la base real de este espectáculo se construye con incentivos, urgencias y dependencia estructural.
El Zócalo, símbolo histórico de la voz ciudadana, fue hoy escenario de una manipulación masiva: no hubo debate, no hubo reflexión, no hubo propuestas. Hubo logística, hubo boletos de transporte, hubo acuerdos de “asistencia” bajo condiciones económicas eso sí es lo que ardió en el subsuelo.
Y al final, la pregunta que muchos susurran, pero pocos se atreven a poner en letras grandes: ¿cuánto vale la dignidad de alguien para llenar un camión? Porque lo que vivimos hoy no fue una movilización; fue una compraventa de voluntades. Y mientras haya quien compre, habrá quien venda.

