Metal Político | Por: Antares Cervantes
En la historia política de México, los partidos no mueren, son como la materia, no se crean ni se destruyen, solo se transforman, cambian de nombre, color, discurso y símbolos, pero conservan, con una disciplina casi genética las prácticas que alguna vez juraron combatir. Los guindas nacieron como antítesis moral del viejo régimen, así, empiezan a recorrer con paso firme el mismo sendero que durante décadas transitó el tricolor: el de la concentración del poder, la domesticación corporativa y la sustitución del pluralismo por lealtad.
El paralelismo no es retórico, es estructural. Durante gran parte del siglo XX, el tricolor gobernó mediante un modelo de corporativismo político: sindicatos, organizaciones campesinas y gremios profesionales funcionaban como brazos electorales del Estado. El SNTE, los petroleros, los electricistas y las centrales obreras no solo representaban trabajadores; representaban votos, disciplina y control territorial. A cambio, recibían recursos, protección y poder interno. El sistema era tan eficaz que sostuvo un partido hegemónico por más de 70 años.
Hoy, el discurso es distinto, pero la mecánica empieza a ser inquietantemente familiar. El guinda gobierna ya 23 de las 32 entidades federativas, controla el Congreso y ha logrado una mayoría calificada funcional mediante alianzas tácticas. En términos históricos, solo el tricolor de los años setenta alcanzó un dominio institucional comparable. No es casualidad: el poder tiende a reproducir las fórmulas que le garantizan permanencia.
La reciente cercanía del SNTE con el proyecto oficial no puede leerse como un gesto aislado. El sindicato magisterial, con más de 2.5 millones de afiliados, es una de las maquinarias políticas más grandes del país. Su peso electoral equivale, en términos actuales, a varios puntos porcentuales del padrón. En el viejo régimen, los petroleros jugaron ese papel: no solo financiaban campañas, también legitimaban al sistema desde la base laboral. Hoy, el magisterio parece ocupar ese lugar simbólico y operativo.
La comparación histórica es inevitable. En 1982, el tricolor controlaba cerca del 90% del Congreso; en 2024, los guindas y sus aliados superaron el 70%. En ambos casos, la narrativa fue la misma: estabilidad, gobernabilidad, “mandato popular”. Pero la historia demuestra que cuando el poder deja de tener contrapesos, deja también de tener prisa por rendir cuentas.
Los guindas no son aún el tricolor. Pero tampoco es ya el movimiento insurgente que prometía desmontar el viejo sistema. La cooptación de sindicatos, la centralización de decisiones y la descalificación sistemática de la crítica son señales claras de una transición peligrosa: la del partido-movimiento al partido-Estado. México ya vivió este ciclo. Lo preocupante no es que se repita, sino que se repita con la convicción moral de quien cree que, esta vez, el poder sí es virtuoso. Y la historia, esa que no milita, siempre termina recordándonos que el problema nunca fue el nombre del partido, sino la forma en que decidió gobernar.

