1 Abr 2026, mié

Metal Político Por: Antares Cervantes

En la plaza pública contemporánea, esa mezcla de redes sociales, micrófonos abiertos y tertulias digitales ha prosperado una figura tan ruidosa como influyente: el ultracrepidiano. El término, antiguo y preciso, describe a quien opina más allá de su conocimiento. Estos ignorantes a parte de no saber de lo que hablan, creen que su palabra válida, pontifica, sentencia y se asume referente.

El problema no es la opinión, derecho legítimo en cualquier democracia, sino la confusión entre tener un punto de vista y poseer criterio. Opinar exige algo más que impulso, demanda información, contexto y, sobre todo, conciencia de los propios límites. El ultracrepidiano, en cambio, convierte la ignorancia en espectáculo y la seguridad en máscara. Habla de economía sin datos, de medicina sin formación, de política sin comprensión estructural. Y lo hace con una convicción que, paradójicamente, suele ser inversamente proporcional a su conocimiento.

En la era de la inmediatez, la recompensa es clara, visibilidad. Un comentario estridente viaja más rápido que un argumento sólido. Así, muchos confunden el eco con la autoridad. Se autoproclaman “líderes de opinión” cuando, en realidad, nadie les ha otorgado tal lugar; no hay comunidad crítica que los respalde, solo un algoritmo que amplifica ocurrencias.

El daño no es menor. La saturación de opiniones mal informadas devalúa el debate público, desplaza a voces expertas y normaliza la superficialidad. Cuando todo vale lo mismo, nada importa lo suficiente. El resultado es un diálogo empobrecido, donde la ocurrencia sustituye al análisis y la descalificación reemplaza al argumento.

Hay, además, un rasgo distintivo, la incapacidad de distinguir entre experiencia personal y verdad general. El ultracrepidiano eleva su vivencia a regla, su intuición a diagnóstico y su preferencia a política pública. Confunde “así lo veo” con “así es”. Esa reducción simplista no solo es intelectualmente pobre; es socialmente peligrosa.

Conviene decirlo con claridad: no toda opinión es valiosa por el simple hecho de existir. El respeto no implica inmunidad a la crítica. Hablar de todo no es signo de inteligencia, sino de ligereza. Y repetir lo que otros dicen, sin comprensión, no convierte a nadie en interlocutor válido.

La salida no pasa por silenciar, sino por elevar el estándar. Dudar antes de afirmar, informarse antes de opinar, y callar cuando no se sabe. La autoridad no se proclama: se construye. Y el criterio no se grita: se demuestra.

En tiempos donde abundan los micrófonos, la verdadera distinción no es tener voz, sino tener algo que decir.