En 2025, el mandato de la actual mandataria nacional se ha convertido en un espejo convexo, muestra promesas gigantes y fallas que retumban con fuerza en las plazas, las calles y la violencia sin freno. El asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, no fue un hecho aislado: expuso la grieta que atraviesa la narrativa oficial de seguridad. Manzo había declarado públicamente su rechazo a la inercia criminal en Michoacán; contaba con protección policial y Guardia Nacional, y aun así fue ejecutado en pleno evento público, detonando la indignación general.
La respuesta del gobierno federal fue una nueva operación, promesas de justicia y más fuerzas de seguridad. Suena ya como un eco gastado. Se anunció el llamado “Plan Michoacán por la Paz y la Justicia”: despliegue de Guardia Nacional, estrategia integral, inversión federal. Pero la sociedad mira con recelo: tras años de cifras que bajan y suben, la impunidad se incrusta con facilidad.
No son solo los asesinatos, son las movilizaciones, el clamor social, el hartazgo de una “Generación Z” que este noviembre tomó las calles exigiendo seguridad y respuestas. Marchas, protestas, heridos, detenidos, manifestaciones convertidas en grito colectivo contra un discurso de promesas vacías.
En los pasillos del poder se fragua otra maniobra, la sustitución del fiscal general, Alejandro Gertz Manero, por una figura leal, Ernestina Godoy. El cambio tiene aroma a consolidación del control judicial bajo la égida presidencial. Autónomas ya no suenan: suena subordinación.
Mientras tanto, el Gobierno insiste en desviar la atención, llama “uso político” a la indignación, “provocación” a las movilizaciones, “ruido mediático” a las exigencias de justicia real. La seguridad “aseguran” no se impone con fuerza extrema, sino con programas sociales, diálogo, buenos deseos. Pero la realidad engrosa la lista de cadáveres, impunes, olvidados.
Más allá de promesas, discursos y conferencias matutinas, lo que hoy demanda México no es una narrativa barata de paz y justicia: exige acciones contundentes. Detenciones reales, sentencias firmes, control genuino de la violencia, fin a la impunidad. Exige resultados antes que nuevos planes.
Y mientras la ciudadanía llora a sus muertos y escribe nombres en sus protestas, el vacío de respuestas se agranda. Gobernar México no se reduce a cifras maquilladas ni videos oficiales; gobernar México exige dignidad, resultados y justicia. Culpar a gobiernos anteriores ya nadie lo cree. Actualmente una sola figura tiene el control del poder ejecutivo, legislativo y judicial y ni así en 7 años de mandato han podido cumplir sus promesas, tienen el poder, pero no saben usarlo. Si este gobierno no logra convertir ruido en hechos, si no demuestra con resultados que la seguridad no es solo un eslogan, su legado podría quedar marcado por la decepción, la frustración y la desconfianza. Porque cuando arde el país, ni los mejores discursos pueden apagar el fuego.

