Metal Político
Antares Cervantes
En Hidalgo, el incremento a la tarifa del transporte público ha sido justificado por el aumento en los costos de operación, particularmente el precio de los combustibles, refacciones y mantenimiento. El Gobierno del Estado anunció que el ajuste tarifario responde a estudios técnicos y busca mantener la viabilidad del servicio. La tarifa en gran parte de la zona metropolitana de Pachuca pasó de 10 a 12 pesos, un incremento del 20 %.
Sin embargo, la discusión no debería limitarse a cuánto cuesta el pasaje, sino a qué reciben los usuarios a cambio.
La gasolina ha mantenido una tendencia de incrementos en los últimos años, impactando directamente a transportistas y ciudadanos. En un estado donde miles de personas dependen diariamente del transporte público para acudir al trabajo o a la escuela, cualquier aumento representa una presión adicional sobre el ingreso familiar. De acuerdo con el INEGI, el transporte es uno de los componentes con mayor peso en el gasto corriente de los hogares mexicanos, por lo que incluso un aumento de dos pesos por viaje puede traducirse en cientos de pesos adicionales al mes para una familia.
No obstante, el ciudadano también espera reciprocidad. Resulta difícil aceptar un incremento cuando persisten problemas como unidades deterioradas, tiempos de espera prolongados y, sobre todo, una infraestructura vial en malas condiciones. Los baches no sólo generan incomodidad; también incrementan el desgaste mecánico, elevan el consumo de combustible y representan un riesgo para la seguridad vial.
La lógica económica indica que un aumento en las tarifas puede ser razonable cuando se traduce en una mejora tangible del servicio. Es decir, mejores unidades, mayor seguridad, capacitación de operadores y vialidades en condiciones adecuadas. Si esos beneficios no llegan, el incremento deja de percibirse como una inversión para convertirse, a los ojos del usuario, en una carga más para su bolsillo.
El reto para las autoridades no termina al autorizar una nueva tarifa. También implica supervisar que los concesionarios cumplan con estándares de calidad y, al mismo tiempo, acelerar los programas de rehabilitación de calles y carreteras. De poco sirve exigir más al ciudadano si el Estado no responde con mejores condiciones de movilidad.
Al final, la pregunta no es si el transporte debía aumentar de precio. La verdadera pregunta es si ese aumento estará acompañado de un servicio digno y de vialidades seguras. Porque la movilidad no depende únicamente del costo del pasaje, sino de un compromiso compartido entre gobierno, concesionarios y usuarios. Cuando uno de esos tres falla, el que siempre termina pagando más es el ciudadano.

