7 Oct 2026, mié

Metal Político | Antares Cervantes

El día de hoy no debería ser solamente una fecha para felicitar a quienes estudian el pasado. También debería ser un recordatorio de algo fundamental, quien controla la memoria puede intentar controlar la manera en que una sociedad entiende su presente.

Fue el 12 de septiembre de 1919 cuando se fundó la Academia Mexicana de la Historia, institución dedicada al estudio y difusión del conocimiento histórico. Más de un siglo después, la tarea del historiador sigue siendo incómoda y necesaria, revisar documentos, contrastar testimonios, recuperar voces y poner los acontecimientos en su contexto.

La historia no pertenece a los gobiernos. Tampoco a los partidos, a los vencedores de una guerra ni a quienes ocupan temporalmente el poder. Pertenece a la sociedad.

Por eso resulta peligroso convertirla en propaganda. Un acontecimiento histórico puede ser interpretado desde distintas perspectivas, pero una interpretación no debería borrar documentos, fechas, víctimas, responsabilidades o consecuencias simplemente porque resulten incómodas.

México posee 36 bienes inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, 28 culturales, 6 naturales y 2 mixtos según el registro vigente de la organización. Es una dimensión extraordinaria de nuestra memoria colectiva: ciudades, zonas arqueológicas, paisajes y espacios que sobrevivieron generaciones porque alguien entendió que conservar el pasado también significa proteger el futuro.

Pero preservar la memoria no consiste únicamente en conservar edificios. También significa conservar archivos, testimonios, fotografías, periódicos y documentos que permitan reconstruir lo ocurrido cuando las versiones oficiales cambian.

“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla” se atribuye frecuentemente a distintas figuras, pero más allá de su autoría, la idea conserva una vigencia brutal,  una sociedad que desconoce sus errores puede repetirlos; una sociedad que los distorsiona incluso puede cometerlos nuevamente convencida de estar haciendo algo distinto.

El historiador cumple entonces una función que va más allá de un libro. Es memoria frente al olvido. Es documento frente al rumor. Es contexto frente a la propaganda. Y, cuando es necesario, es también una voz incómoda frente al poder.

Porque los gobiernos pasan, los partidos cambian y los discursos se transforman. Los documentos permanecen. Por eso estudiar historia no significa vivir atrapados en el pasado. Significa impedir que el pasado sea utilizado para engañar al presente. Y quizá esa sea una de las formas más dignas de entender el oficio del historiador, recordarnos aquello que algunos preferirían que olvidáramos.

‘Mi reconocimiento total a todos los historiadores por su labor, en especial a Fer, mi pequeño hermano’.