CHARLAS DE TABERNA | MARCOS H. VALERIO
En México ya no se pare, se opera. Escuchar a mujeres presionadas para firmar una cesárea sin entender por qué, o despertando rajadas sin haber dado permiso, se volvió rutina en un país donde en 2023 más de la mitad de los nacimientos -55 por ciento- fueron por bisturí, según el Instituto Nacional de Salud Pública. Hace solo 13 años era 45 por ciento. Diez puntos más en una década. Una epidemia.
“Este procedimiento salva vidas en emergencias, pero se ha normalizado tanto que la sociedad piensa que no implica riesgos, cuando sí los hay”, advierte Lucía Illescas, coordinadora adjunta de Enfermería de la FENO de la UNAM.
La cifra mexicana es una locura mundial. La OMS reportó en 2021 que a nivel global solo 21 por ciento de nacimientos son por cesárea y dice que lo ideal es entre 10 y 15 por ciento. Arriba de 10 por ciento, no baja la mortalidad materna ni neonatal. Para 2030, calcula que un tercio del planeta nacerá por cirugía. México ya duplicó esa proyección.
¿Por qué nos abren a todas? No es por salud. Es por negocio, miedo y saturación.
Zarela Chinolla Arellano, profesora de Gineco-Obstetricia de la Facultad de Medicina de la UNAM, lo dice sin rodeos: “Tiene más de 20 años. El parto es la manera más natural, espontánea y benéfica para mamá y bebé”. Pero en hospitales privados el seguro paga poco por parto y no cubre emergencias, así que muchos médicos no lo aceptan y empujan la cesárea. Es más rápido, más caro, más programable.


En el sector público es el miedo a la demanda. Si la paciente lleva horas en trabajo de parto y hay cambio de turno, el nuevo equipo no espera. Ante cualquier duda, la programan. La familia angustiada presiona. Y la mujer, sola, sin una acompañante profesional que la sostenga durante el dolor, entra en ansiedad, incertidumbre y desesperación y termina pidiendo ella misma que la operen.
Así, el bebé sale antes de tiempo. En cesáreas programadas se calcula mal la edad gestacional. Creen que son 39 semanas y son 37. A las 37 todo puede verse perfecto, pero el bebé se comporta como prematuro: puntos nasales, intubación, días en incubadora, sin alojamiento conjunto, sin apego inmediato, sin lactancia.
El parto tiene una lógica que la cirugía borra. Al salir por el canal vaginal, el recién nacido exprime sus pulmones, expulsa líquido, logra su primera oxigenación, completa su microbiota, crea resistencia contra bacterias y virus y con el piel con piel regula temperatura y crea vínculo. Todo eso se pierde con el bisturí.
Para la madre, el riesgo es mayor que en un parto: más riesgo de muerte, trombosis, infección, sangrado. Y si es su primer embarazo, queda marcada. La cicatriz en el útero la condena a otra cesárea y al riesgo de que el útero se rompa. Años después, esa cicatriz puede provocar que la placenta se adhiera más allá del útero, lo atraviese y ponga en peligro su vida. Dolor abdominal crónico en edad madura.


Y lo más grave: muchas veces sin permiso. La ENDIREH 2021 del INEGI coloca entre las primeras cinco violencias obstétricas el no haber dado autorización para la cesárea o no haber sido informada para entender por qué era necesaria.
“Realizar esta práctica sin indicación precisa ni consentimiento expreso es violencia obstétrica. Tienen derecho a segunda opinión y a diferir, a menos que haya evidencia suficiente”, sentencia Illescas.
Chinolla insiste: “Ella tiene la última palabra, pero debe estar informada. Y el médico tiene derecho a decirle con transparencia que no puede asegurarle que todo saldrá bien. Si el riesgo no rebasa el beneficio del parto, podemos hacerlo”.
Hoy en México parir por vía natural es un acto de resistencia.

